Plato sencillo, exquisito y de fácil preparación, siempre que se respeten tres cosas: gamba fresca, control del calor y no pasarse jamás con la cocción.
450 g de gambas frescas, y esto es fundamental: tienen que ser frescas
Ajos laminados
1 guindilla
Aceite de oliva
Sal
Pimienta
Un buen pan blanco para acompañar
Preparación:
Lo primero es utilizar una cazuela de barro previamente hidratada en agua.
Ponemos en ella el aceite de oliva y comenzamos a calentarlo, vigilando especialmente la temperatura. El barro acumula mucho calor y seguirá cocinando incluso cuando lo retiremos del fuego, así que aquí está buena parte del secreto del plato.
Añadimos los ajos laminados, a los que previamente habremos retirado el germen central para evitar que repitan.
Cuando el aceite empiece a coger temperatura y los ajos comiencen a hacerse, incorporamos la guindilla.
Mientras tanto, preparamos las gambas frescas y las sazonamos con sal y pimienta.
Las añadimos a la cazuela y, a partir de ese momento, ojo al fuego. No queremos cocerlas de más.
Cuando observemos que la gamba empieza a enroscar su cuerpo, retiramos inmediatamente la cazuela.
El propio calor acumulado en el barro terminará el trabajo mientras el aceite continúa bullendo espectacularmente al llegar a la mesa.
Y ahora llega la parte que no admite discusión:
Un buen pan blanco, arrancamos un pedazo y hacemos barquitos en ese aceite de ajo, guindilla y jugos de las gambas.
El consejo de Tubalillo
La gamba avisa. Cuando se enrosca, fuera del fuego. La cazuela de barro conserva suficiente temperatura para terminar de cocinarla. Si esperamos a verla completamente hecha antes de retirar la cazuela, llegaremos tarde.

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